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Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, en posesión de una importante verdad científica, abjuró de ella con toda tranquilidad cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál de los dos, la tierra o el sol, gira alrededor del otro. Para decirlo todo, es una futilidad. En cambio, veo que mucha gente muere porque considera que la vida no merece la pena de ser vivida. Veo a otros que se dejan matar, paradójicamente, por las ideas o ilusiones que les dan una razón de vivir (lo que llamamos una razón de vivir es al mismo tiempo una excelente razón de morir). Juzgo, pues, que el sentido de la vida es la más apremiante de las cuestiones. (View Highlight)

nos ocupamos de la relación entre el pensamiento individual y el suicidio. Un gesto como ese se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. (View Highlight)

Los periódicos suelen hablar de «íntima congoja» o de «enfermedad incurable». Esas explicaciones son válidas. Pero habría que saber si ese mismo día un amigo del desesperado le habló en un tono indiferente. Él sería el culpable. Pues eso puede bastar para precipitar todos los rencores y todas las lasitudes todavía en suspensión.[ (View Highlight)

Se cita a menudo, para burlarse de él, a Schopenhauer, que hacía el elogio del suicidio ante una mesa bien provista. (View Highlight)

No en vano se ha jugado con las palabras hasta ahora y se ha fingido creer que negarle un sentido a la vida conduce por fuerza a declarar que no vale la pena ser vivida. No hay, en verdad, ninguna equivalencia forzosa entre esos dos juicios. (View Highlight)